La saxofonista de la Calle Real

Nacho Sáez
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La nueva banda sonora del centro de Segovia desde el verano pasado es Flor Goldstein, una argentina que incluso ha publicado un libro sobre lo que significa tocar en la calle.

Flor Goldstein en la plaza del Azoguejo, este pasado jueves. - Foto: Rosa Blanco

Esa mujer que le dejaba saquitos de té, pastillas de Avecrem o pequeños jabones. Esas personas que salen a dar una vuelta con el objetivo de encontrarse con ella. Esos amantes de la música que se acercan y le dan las gracias por lo que toca. La emoción y la vida misma se encuentran a flor de piel cuando actúa en la calle Flor Goldstein, la nueva banda sonora de la Calle Real desde el pasado verano. La saxofonista que conmueve con sus acordes a segovianos y turistas. Y mucho más que eso. Argentina, migrante, madre, escritora, ciudadana con conciencia cívica. Muchas mujeres en una sola, y todas, absolutamente admirables.

Su historia es como su música. Valiente, comprometida y preciosa. Flor, natural de Buenos Aires, migró a Europa  en 2006 con 30 años. «Me fui con un grupo de tango con el que tocaba en ese momento en Argentina. Nos salieron unas fechas para hacer en Italia y albergaba desde hacía tiempo el deseo de viajar, de vivir en Europa y de probar a trabajar aquí porque en Argentina era súper complicado vivir de la música. Y más tocando tango. Buenos Aires es un semillero», explica sentada en torno a una mesa del bar La Tropical, cuya puerta es su lugar predilecto para tocar. Junto con la que entonces era su pareja se instaló en el norte de Italia, donde logró construir una carrera profesional en la música a pesar de la lenta burocracia que tuvo que sufrir para obtener el permiso de residencia. «En Italia descubrí que podía trabajar tocando y que había un circuito súper interesante para trabajar con el tango. Fue una sorpresa descubrir que había muchísima gente interesada en aprender a bailar. Y gente con un nivel adquisitivo que permitía que hubiera músicos en directo en las milongas mientras la gente bailaba».

La vida de Flor ha estado llena de descubrimientos. Cuando se enamoró del saxofón: «Siempre me gustó la música. De niña empecé con flauta, piano, violín, percusión… Iba probando hasta que como a los diecisiete o dieciocho años encontré el saxo. Sentí que esa era mi voz y ahí fue cuando empecé a estudiar realmente en serio música». También se reveló en ella que Italia no era la parada definitiva. «Si bien el sitio era precioso geográficamente y a nivel arquitectónico y yo sí que estaba trabajando tocando, no llegaba a sentirme en casa. Sentía mucha soledad. El idioma lo llegué a hablar bien –ya no era una barrera pasado un tiempo–, pero era difícil conectar a nivel más profundo con la gente en un momento en el que me tocó reconstruir mi red social por completo desde cero», relata con su vaso ya vacío.

El café le ha durado unos segundos, no muchos más de los que tardó en enamorarse de tocar en la calle. «Empezar de cero por segunda vez fue duro, pero empecé a conectar con otros músicos, con otros estilos también, me fui saliendo del tango y empecé a tocar en la calle y a descubrir todo lo que había que descubrir en la calle. Venía de tocar siempre en espacios formales y me enamoré de la calle. Empecé a a tocar con grupos de calle, a tocar sola y a explorar todo esto...», cuenta.

En el libro autopublicado 'Hacer la calle. Relatos, observaciones y fantasías de una saxofonista callejera' (2024) plasmó sus vivencias. Como la de esa mujer que en Aranjuez le echaba pastillas de Avecrem, saquitos de té o pastillas de jabón. «Me hizo pensar en los muchos prejuicios que hay sobre el ámbito de los músicos de calle. Que estamos mendigando, que estamos pidiendo... Sí, hay gente que está en la calle literalmente porque si no, no come. En mi caso, por suerte, es parte de lo que me permite vivir de la música, pero no estoy en esa situación de que necesito que me den saquitos de té. Vengo aquí a hacer lo mejor que sé hacer y a hacerlo de la mejor forma posible.No me voy a esforzar menos en la calle que en un escenario, al contrario».

Flor, que vive entre Segovia y Aranjuez, desde donde se desplaza a Madrid para tocar también, reivindica el privilegiado observatorio que ofrece la calle. «Los músicos de calle estamos muy expuestos a la mirada de cualquiera, pero nosotros también tenemos un sitio muy interesante para mirar el mundo», destaca. Ella se enfrenta a la vorágine de la sociedad actual con su música y empatía. «Lo primero que hay que hacer para ponerse a tocar en la calle es ver a quién puedes molestar porque, a lo mejor, hay una mujer enferma que está todo el día en su casa y la puedo molestar».

En Segovia tiene un permiso del Ayuntamiento que establece unos horarios, pero no fue lo único que le sedujo de la ciudad. «Fue como uno de esos chispazos cuando conoces a alguien y dices: 'Es el amor de mi vida'. Lo que recibí de la gente desde el día uno fue: 'Qué bonito que estés aquí'».