Editorial

Donald Trump y Vladímir Putin emulan a Ribbentrop y Mólotov

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Donald Trump ha irrumpido con tiberio en la geopolítica. Sus dos primeras propuestas -sobre Gaza y sobre Ucrania - ejemplifican claramente los despropósitos de un personaje que ha sustituido cualquier atisbo de racionalidad en la acción pública por las simplezas del populismo y la necedad que siempre lleva aparejados los prejuicios y los complejos. El problema radica en que sus estupideces no sólo no contribuyen a resolver los problemas, sino que muy probablemente agrave la ya compleja situación mundial al legitimar, en ambos casos, la ley del más fuerte. Pretender que EEUU puede comportarse como si el planeta fuera uno de sus resorts que se puede parcelar o repintar a capricho es vivir fuera de un mundo cada vez más complejo y multipolar y envilecer las relaciones internacionales, a cambio de un titular onanista.

Hay razones, por lo tanto, para estar atemorizados. Su última ocurrencia de negociar bilateralmente con el sátrapa Vladímir Putin un plan de paz para Ucrania evoca dramáticamente el pacto Ribbentrop-Mólotov por el que la URSS y la Alemania nazi se repartieron Polonia. En este caso, parece que Rusia consolidaría los territorios ocupados por la fuerza y Estados Unidos pasaría a controlar los recursos minerales ucranianos consolidando un nuevo paradigma expansionista que se creía olvidado y dando a ambos líderes una victoria ante sus opiniones públicas.

Los grandes perdedores de esta jugada serán Ucrania -que vería desgajada su integridad territorial e intervenidos sus recursos económicos y Europa, a la que han apartado conscientemente de la negociación pero sobre la que caerá el peso financiero de una reconstrucción que el Banco Mundial cifra en 383.800 millones de euros, es decir, el equivalente al PIB de Dinamarca. Aún más, el Viejo Continente contraería la obligación de salvaguardar militarmente el pacto, cuya principal amenaza es el demostrado vicio de Putin a no respetar ningún acuerdo, lo que augura tensión bélica en el futuro.

Así las cosas, conviene extraer varias lecciones. Desde la perspectiva doméstica no cabe sino mirar con estupefacción al populismo trumpista y putinista que pretende condicionar la política española y ponerlos ante el espejo de las contradicciones que supone hacer seguidismo de quienes toman decisiones contrarias a los intereses españoles. Y desde un punto de vista europeo, décadas de dejadez y la irresponsabilidad con la que los 27 han abordado las relaciones internacionales tienen como resultado la dramática constatación de que Europa no es un actor vinculante en una política mundial que, incluso, se mueve ya en contra de sus intereses. La UE no puede dejar que Trump lleve a cabo sus planes contra Ucrania, pero para lograrlo deberá empezar a tener una voz propia que trascienda el galimatías habitual y medios ejecutivos para hacerse oír.